Javier Ramiro Guanga Pascal
Coordinador del Camino VISIONARIOS Attɨm A

Docente, comunicador comunitario, músico y defensor del territorio Attɨm Awá. Su caminar une la palabra, la memoria, la música de chonta, la educación propia y la comunicación cultural desde el territorio ɨnkal Awá.

¿Quién es Javier Ramiro Guanga Pascal?

Mi nombre es Javier Ramiro Guanga Pascal. Soy Attɨm Awá —Awá originario—, ɨnkal Awá —gente de la selva—; docente, comunicador comunitario, músico, investigador en formación y defensor del territorio.

Camino entre las frescuras de las bonitas conversas que suelen hacer nuestros mayores y mayoras ɨnkal Awá, la educación propia, el idioma awapit, la música de chonta, la memoria comunitaria y los procesos organizativos de mi pueblo. Desde allí nace mi compromiso por ayudar a apuntalar y cuidar la vida, fortalecer la identidad ɨnkal Awá y compartir lo que somos como pueblo milenario.

Actualmente estoy coordinando el Proyecto VISIONARIOS Attɨm Awá, una iniciativa educativa, cultural y comunitaria orientada a fortalecer el liderazgo juvenil, la oralitura, la música, la memoria visual, la comunicación propia y la identidad territorial del pueblo Awá.

Dentro de este proceso nace PIUZPI – Comunicaciones Attɨm Awá, como una línea dedicada a contar, registrar y compartir las voces, imágenes, noticias, cantos, historias y memorias de nuestro territorio.

¿Dónde nacen mis raíces familiares y territoriales?

Nací en las lomas de Wakpí —nombre en awapit del lugar—, en el territorio de La Guaña, donde confluyen las aguas del río Caracol y el río La Guaña. La Guaña y El Sábalo hacen parte del Resguardo El Gran Sábalo, donde nacen mis raíces y linajes maternas y una parte profunda de mi memoria familiar, comunitaria y territorial.

Soy hijo el hijo mayor de Valentina Pascal y Segundo Luciano Guanga. Por la línea materna, mi madre Valentina Pascal es hija de Aniceto Pascal y Angélica Canticus, abuelos del territorio de La Guaña, cerca de la comunidad El Sábalo. Tuve el privilegio de conocer a mi abuela Angélica Canticus y también a mi abuelo Aniceto Pascal, quienes hacen parte profunda de mi memoria familiar.

Por la línea paterna, mi padre Segundo Luciano Guanga es hijo de Rosa Pai y Belisario Guanga, originarios del territorio de Imbapí, que hace parte del Resguardo Hojal La Turbia, cercano a la frontera con Ecuador. Imbapí es el territorio de mis abuelos paternos y ocupa un lugar especial en mi memoria familiar. Tengo el honor de contar aún con la presencia de mi abuela Rosa Pai, memoria viva de nuestra familia. No tuve el privilegio de conocer a mi abuelo Belisario Guanga, quien partió hacia el otro territorio espiritual.

Mi infancia no estuvo marcada por un solo lugar. Crecí entre La Guaña e Imbapí, caminando con mis padres por largas horas entre estos territorios familiares. En aquellos años, para llegar a Imbapí había que cruzar el río Nulpi, también conocido como Nulpe, muy reconocido en nuestro territorio. No había puente, y el paso se hacía en canoa o en balsa. Recuerdo esos caminos como jornadas difíciles: se madrugaba y se llegaba muy tarde a la comunidad.

En Imbapí inicié mis primeros estudios. En otros tiempos volvíamos hacia La Guaña, donde estaban mis abuelos maternos. Así fui creciendo entre dos territorios que marcaron mi vida familiar, mi memoria comunitaria y mi forma de entender el territorio.

Entre Wakpí, La Guaña, Sábalo e Imbapí nacen mis raíces como Attɨm Awá, mi memoria familiar y mi manera de caminar la vida desde el territorio.

¿Cómo nació mi gusto por la marimba y la música de chonta?

Desde mi niñez, mientras crecía entre La Guaña e Imbapí, estuve rodeado por los sonidos del territorio: el canto de las aves, las voces de la comunidad, el andar por los caminos, los ríos y las melodías de la marimba. No era un aprendizaje planeado; era la vida misma enseñando a escuchar. En medio de ese paisaje de colores, sonidos y movimientos, la selva fue despertando en mí una sensibilidad especial para percibir, reconocer e interpretar la música y la vida del territorio.

En la cotidianidad, nuestros padres y abuelos también iban orientando la escucha. En los caminos, en el trabajo o en los encuentros familiares, nos iban diciendo el nombre de las aves, de los lugares y de las cosas del territorio. Así, poco a poco, uno iba interiorizando ese mundo diverso, no como una clase formal, sino como parte del vivir diario.

En Imbapí, territorio de mis abuelos paternos, recuerdo que la marimba estaba presente en los encuentros, en las festividades y en la vida cotidiana. Allí, entre juegos de niños, su sonido fue entrando poco a poco en mi corazón. La música de chonta no llegó a mí como una enseñanza formal, sino como una vivencia compartida, nacida de la curiosidad, la escucha y la alegría de estar junto a la comunidad.

En mi caso, el aprendizaje de la marimba tuvo una particularidad. No recuerdo haber aprendido las primeras tonadas dentro de la casa, ni haber tenido una marimba familiar durante mi niñez. A diferencia de otros músicos, donde el saber pasa directamente del abuelo al padre o de la madre a los hijos, mi acercamiento fue naciendo más en las andanzas, en la escuela, en las festividades y en los espacios comunitarios. Recuerdo especialmente que en Imbapí había una marimba, y alrededor de ella empecé a mirar, escuchar, intentar y despertar poco a poco mis primeras habilidades para entonar.

También recuerdo que, en El Sábalo, en algunas ocasiones acompañaba a mi abuelo Aniceto Pascal a participar de ciertas festividades. No recuerdo con exactitud cuántos años tenía, pero era bastante tímido y miraba la vida de los adultos desde la distancia propia de un niño.

En esos momentos que alcancé a recordar, se escuchaban con más fuerza músicas de instrumentos modernos, porque otros sonidos también empezaban a llegar a los territorios. Sin embargo, eso no significa que en El Sábalo no se entonara marimba. Al contrario, El Sábalo ha sido reconocido como la cuna de la cultura, donde han existido grandes maestros, sabedores e intérpretes de la marimba, como Israel Pai y Abraham, quienes hicieron parte del corazón musical de la comunidad.

Con el paso de los años fui comprendiendo que la marimba siempre ha estado presente allí. Quizás en aquellos tiempos la comunidad vivía un momento de exploración y transición sonora, donde la música moderna empezaba a ocupar también los espacios festivos, sin desplazar por completo la marimba. En algunas ocasiones se entonaba primero la marimba y luego sonaban otras músicas, o al contrario: los sonidos se alternaban según el momento de la fiesta. Por eso, aunque en mis recuerdos de niño aparezcan con más fuerza los instrumentos modernos, hoy comprendo que la marimba nunca estuvo ausente del corazón cultural de El Sábalo.

En las festividades de Imbapí, como entre sueños, conservo algunos pasajes breves. Recuerdo que los niños nos acercábamos a mirar lo que hacían los adultos. Cuando quedaba algún espacio, intentábamos interpretar melodías con las baquetas, golpeando las tablillas de chonta de la marimba. Al comienzo, seguramente no sonaba bien, como ocurre en todo aprendizaje, pero allí nació mi primer acercamiento a la interpretación.

La enseñanza de la marimba se daba de manera sencilla y comunitaria. Un adulto, un mayor, un padre o un músico nos decía: “aprenda”, “entone”, “acompañe”, “sigamos el sonido”. A veces la orientación era breve, pero suficiente para que un niño empezara a acompañar una pieza. Luego, quien iba aprendiendo también podía orientar a otros niños. Así, entre juego, curiosidad, escucha y transmisión comunitaria, se iba fortaleciendo el aprendizaje.

Con el tiempo también fui comprendiendo que mi padre conocía algunas bases y piezas de la marimba, seguramente aprendidas en esos mismos recorridos comunitarios. Eso me hizo entender que el saber musical no siempre se transmite de una sola manera; a veces vive en la familia, otras veces en la comunidad, en la escuela, en la fiesta, en la memoria de los mayores y en la curiosidad de los niños.

La marimba se entona entre dos personas, y por eso siempre había un lugar para que alguien acompañara. De esa manera, poco a poco, fue naciendo mi gusto por la marimba y se fue configurando mi vínculo con la música de chonta.

¿De quiénes aprendí el arte de la marimba?

Más adelante, entre mi adolescencia y juventud, continué acercándome a la marimba en diferentes espacios y escenarios. En esos caminares compartí con sabedores y músicos de distintas comunidades del Resguardo El Gran Sábalo y de otros territorios Awá, quienes fueron dejando en mí aprendizajes, sonidos y memorias que aún conservo.

En Imbapí, territorio de mis abuelos paternos, recuerdo la presencia de familias con una formación muy marcada en la marimba. Allí estaban mayores y músicos de la familia Pascal, como el mayor Abelardo Pascal y sus hijos Eduardo Pascal y José Pascal, quienes hacen parte de esa memoria musical del territorio. Aunque por las andanzas de la vida luego me fui distanciando físicamente de Imbapí, debido al traslado de mi familia hacia otros lugares como La Guaña y posteriormente hacia el Predio El Verde, ese territorio siempre ha permanecido en mi corazón como uno de los lugares donde nacieron mis primeros acercamientos a la marimba.

En algunos momentos, cuando hacía falta alguien que acompañara a un músico, los niños o jóvenes que ya sabíamos algunas piezas básicas podíamos sentarnos a entonar. Así fui acompañando poco a poco a distintos mayores y músicos. Recuerdo, por ejemplo, a Santiago Pascal, de Trinchera, ya fallecido, quien me marcó desde muy niño y con quien tuve momentos muy valiosos de aprendizaje. También recuerdo a Leonidas Pai (La Brava), quien me hacía repetir una canción varias veces hasta ir tomando mejor el sonido. Con ellos aprendí que la marimba no se domina de una vez; se va entendiendo con repetición, paciencia, escucha y acompañamiento. La marimba es hacer camino, es como sembrar semillas.

También compartí con Jaime Pascal, hijo de Santiago Pascal, actual docente en la Institución Educativa IETABA, con quien hemos recorrido aprendizajes y caminos musicales. A él le tengo un profundo aprecio y admiración, porque fue con él con quien perfeccioné muchas tonadas de base. En varios momentos iba a su casa para entonar, compartir buenos ratos de marimba y seguir aprendiendo. Recuerdo que alguna vez me dijo que en las notas graves ya había logrado acompañar varias piezas difíciles, y que ahora debía empezar a fortalecer las notas agudas. Esas palabras me motivaron mucho, porque me hicieron entender que el aprendizaje de la marimba avanza por etapas, con práctica, escucha y paciencia.

Más adelante tuve la oportunidad de conocer más de cerca al maestro Jorge Pascal, de la comunidad del Verde, también ya fallecido, un músico admirable por su destreza, sensibilidad y forma particular de entonar la marimba. Recuerdo que, en un evento del pueblo Awá, mientras participaba en procesos de comunicación con La Voz de los Awá, el profesor Ademelio Canticus me habló de él y me dijo que era un mayor muy fuerte en la marimba. Entonces buscamos la manera de invitarlo para grabar algunas tonadas.

Fuimos hacia la IETABA, donde había una marimba en una casa techada con lámina de zinc y construida también con materiales de chonta y de la naturaleza. Yo llevaba una grabadora pequeña de casete, de las que se usaban en ese tiempo. Para completar la entonación, hacía falta quien acompañara en el bordón, en las bases graves de la marimba, y allí participó el mayor Leonidas Pai, del Resguardo La Brava. Ese encuentro fue memorable, porque me permitió escuchar y conservar una tonada muy distinta de Jorge Pascal, y también reconocer la fuerza de Leonidas en el bordón.

Con el paso del tiempo, también fui conociendo a los hijos de Jorge Pascal, entre ellos Enrique Pascal y Herminsul Pascal, quienes hacen parte de esa continuidad familiar y musical. Así he comprendido que el arte de la marimba no pertenece solo a una persona: vive en las familias, en los mayores, en los hijos, en los nietos, en las comunidades y en quienes siguen haciendo sonar la música de chonta.

A cada uno le agradezco, porque de ellos he aprendido —con paciencia y dedicación— lo que hoy conservo como parte de mi ser. La marimba no se aprende de la noche a la mañana; se aprende durante toda la vida, sintiendo desde el corazón y con profundo respeto hacia quienes la han hecho sonar durante generaciones.

Siempre guardo los audios que grabé a Jorge Pascal, grabaciones que hicimos junto al profesor Ademelio Canticus. Esos audios los atesoro como parte de una memoria sonora muy valiosa. También conservo grabaciones del maestro marimbero Israel Pai, otro músico destacado y admirado, a quien no tuve la oportunidad de conocer personalmente, pero cuya música he escuchado y valorado profundamente. No conozco con certeza quién realizó esas grabaciones, pero llegaron a nosotros en los caminos de la comunicación y la memoria, especialmente en los procesos de la emisora La Voz de los Awá. Por eso las conservo con respeto, porque allí también permanece viva una parte del corazón musical de nuestro pueblo.

¿Qué historias cuento con la guitarra, el canto y el awapit?

Este vínculo con la música me llevó también a interesarme por la guitarra, un instrumento que me ha cautivado por su sonoridad y por sus posibilidades para componer, acompañar mi voz y seguir explorando otros caminos musicales.

Mi acercamiento a la guitarra nació en la etapa del bachillerato, en la Institución Educativa IETABA, donde algunos docentes fueron despertando en nosotros el interés por otros instrumentos y expresiones musicales. Recuerdo especialmente al profesor Jorge Salazar, quien compartía su conocimiento de la guitarra, el charango y la música andina. También recuerdo al profesor Carlos Figueroa, quien acompañaba procesos formativos y tenía una sensibilidad especial por la música y el trabajo comunitario.

En aquellos años se abrieron algunos espacios para aprender guitarra y participar en actividades musicales. No era fácil, porque no todos contábamos con instrumentos propios para practicar en la casa, pero esas primeras experiencias fueron dejando notas, sonidos y memorias en nosotros. Con un grupo de compañeras y compañeros conformamos un grupo musical llamado Inkua Awá – Gente del Viento, donde participé como voz principal y también interpreté la zampoña. Recuerdo que alcanzamos a preparar algunas canciones latinoamericanas, como Ojos Azules y Cariñito, y en alguna ocasión llegamos a presentarnos en espacios comunitarios y organizativos.

Con el tiempo, al terminar el ciclo académico, cada uno tomó caminos distintos. Sin embargo, en mí quedó la curiosidad y el deseo de tener mi propia guitarra. Más adelante, en medio de los procesos organizativos y con algunos recursos que logré reunir, pude comprar mi primera guitarra. Desde entonces empecé a aprender de manera autodidacta, revisando notas, practicando acordes, suavizando la mano y buscando, cuando era posible, videos y tutoriales en internet.

No me considero un guitarrista profesional, pero la guitarra se volvió parte de mi descanso, de mi inspiración y de mi manera de pensar. En algunos atardeceres y madrugadas suelo entonar para conectarme con mis abuelos, con mis abuelas, con mi pueblo, con las aves, los árboles, los ríos, la cultura, la tenacidad, la valentía, la fuerza y la unidad. La guitarra me ayuda a endulzar la palabra, a encontrar melodías y a darle camino a las letras que voy escribiendo.

He ido componiendo canciones en awapit y en español. En ellas cuento nuestras historias, la vida en la selva, los procesos comunitarios, la siembra, el río, el maíz y la minga. También canto lo que nos pasa: lo bueno y lo malo, los retos y los desafíos, los logros, pero también las enormes dificultades.

Junto a mi primo Ever Gabriel Bisbicus Pascal, quien también ha venido construyendo su camino musical a pulso y con esfuerzo propio, hemos compartido ideas, cantos y procesos de creación. En el marco de iniciativas acompañadas por la Consejería de Educación de UNIPA, participamos en la creación de rondas infantiles en idioma awapit, cantadas por niñas y niños de nuestras comunidades. Posteriormente, se grabó un videoclip musical, y desde entonces seguimos pensando en nuevas formas de fortalecer el idioma, la música y la memoria cultural.

Hoy continúo escribiendo canciones como una forma de caminar la memoria viva desde el canto, resistir, vivir la libertad y la armonía, y llevar mensajes de cuidado de la selva, la cultura y el plan de vida del Wat Uzan. También desde el Proyecto VISIONARIOS Attɨm Awá seguimos impulsando procesos relacionados con la marimba, el canto, la música, el awapit, la investigación y la formación cultural de niñas, niños y jóvenes.

¿Cómo nació la obra Ip Awá – Gente del Trueno?

Desde mis años de bachillerato me ha impactado profundamente escuchar las historias propias del pueblo Awá: la oralidad, la memoria oral, los relatos de origen y las palabras de nuestros abuelos y abuelas que han resistido a través del idioma, del territorio y de la vida comunitaria.

Mi paso por los procesos de comunicación también marcó mucho este camino. En la experiencia de La Voz de los Awá tuve la oportunidad de acercarme a mayores y mayoras, hacer entrevistas, recoger relatos, grabar voces, transcribir memorias y comprender la importancia de cuidar la palabra comunitaria. Aunque mi participación formal en esos espacios tuvo un tiempo determinado, he continuado realizando investigaciones, entrevistas y registros por iniciativa propia. Muchas de esas grabaciones, transcripciones y compilaciones las sigo conservando, y algunas las he ido convirtiendo poco a poco en textos.

En ese caminar, junto a Gabriel Bisbicus, fundador de la UNIPA, hemos conversado sobre la importancia de seguir fortaleciendo la memoria oral del pueblo Awá. Por su compromiso y gestión, en un momento se abrió la posibilidad de publicar una obra a partir de alguno de los relatos que venía conservando. Entre varias historias guardadas, decidí escoger una narración ancestral compartida por el mayor sabedor Santiago Pascal.

Así nació la obra Ip Awá – Gente del Trueno, una narración ancestral que recoge los ecos de nuestra historia, espiritualidad y memoria como pueblo. La trabajamos como un ejercicio de cuidado de la palabra, buscando que el relato pudiera llegar a las niñas, los niños Awá y a la comunidad en general.

Para mí, Ip Awá – Gente del Trueno hace parte de ese esfuerzo por cuidar la palabra de los mayores y mantener viva la memoria oral de nuestro pueblo. Es una obra pensada para que las niñas, los niños Awá y la comunidad puedan acercarse a nuestras historias de origen, reconocer la fuerza de la palabra antigua y seguir caminando desde lo que somos.

¿Cómo se unieron la comunicación y la organización comunitaria en mi camino?

Mi participación en los procesos colectivos de la UNIPA empezó desde la adolescencia y la juventud. Recuerdo haber sido parte de la Guardia Indígena y haber participado con entusiasmo en distintos escenarios impulsados por nuestras autoridades, especialmente en procesos de liderazgo juvenil que, en aquel momento, todavía no estaban organizados como consejerías o programas formales, como hoy se conocen dentro de nuestra organización. Esos espacios, algunos acompañados por UNICEF, marcaron profundamente mi formación comunitaria, política y territorial.

A la par de esos procesos, hacia el año 2007, me fui integrando al equipo de comunicación de La Voz de los Awá. Al comienzo, la comunicación se vivía desde la dinámica de la emisora: hablar, interactuar, compartir música y acompañar la vida comunitaria. Con el tiempo, ese espacio fue despertando en mí un interés más profundo por la producción de programas, la escritura de guiones, la edición de audios, la realización de entrevistas, la recolección de testimonios y la promoción de nuestra cultura, nuestra palabra y nuestros procesos organizativos.

Uno de los momentos que más recuerdo ocurrió en el año 2009, cuando se presentó la dolorosa masacre de Tortugaña Telembí. Desde el equipo de comunicación de La Voz de los Awá, acompañé el registro de estos acontecimiento durante la minga humanitaria. Fue una experiencia muy dura, en medio de la selva, que me hizo comprender con más fuerza la responsabilidad de comunicar desde el territorio, no solo para informar, sino para dejar memoria, acompañar a la comunidad y cuidar la palabra en momentos difíciles.

Con los años, también asumí responsabilidades dentro del Resguardo Indígena Awá El Gran Sábalo. Hacia los años 2013 y 2014, acompañé como secretario en el proceso de autoridad del resguardo. Más adelante, durante el periodo 2016–2017, asumí el cargo de gobernador del Resguardo El Gran Sábalo. Esa experiencia me permitió comprender de manera más directa la importancia del servicio comunitario, la organización, la palabra colectiva, la toma de decisiones y la defensa del territorio.

Así, entre comunicación, liderazgo juvenil, guardia indígena, procesos organizativos y autoridad propia, fui entendiendo que la palabra comunitaria tiene muchas formas: se habla en una asamblea, se registra en una entrevista, se cuida en un archivo sonoro, se comparte en una emisora, se escribe en un documento y también se defiende caminando el territorio. Desde allí nació con más fuerza mi vocación por la comunicación propia, la memoria oral, la sistematización y el cuidado de las voces de nuestro pueblo.

¿Cómo aporto a la educación propia y al fortalecimiento del awapit?

Después de caminar en procesos organizativos, comunicativos y culturales de nuestro pueblo, también pasé a acompañar los procesos de educación propia. Desde inicios de septiembre de 2020 me vinculé como docente al entonces Centro Educivo Indígena Awá El Gran Sábalo, que posteriormente, hacia finales de 2025, avanzó en su transición a Institución Educativa Indígena Awá El Gran Sábalo.

Desde allí he venido acompañando, liderando y motivando procesos con niñas, niños y jóvenes, desde lo que sé hacer, desde lo que me han enseñado los mayores y mayoras, y desde las experiencias que he adquirido caminando con nuestro pueblo. En este espacio hago mi mejor esfuerzo por despertar en las nuevas generaciones sus talentos, habilidades, identidad cultural, amor por el territorio y compromiso con la vida comunitaria.

También acompaño procesos orientados al fortalecimiento del idioma awapit, la formación cultural, la memoria oral, la música, la comunicación propia y el liderazgo juvenil. Estos caminos hacen parte de una apuesta más amplia por consolidar el PEC – Proyecto Educativo Comunitario Attɨm Awá, como una construcción colectiva de nuestro pueblo.

He sido parte de la Consejería de Educación de UNIPA, especialmente en la creación de materiales didácticos y obras colectivas para el fortalecimiento del idioma y la educación propia. Entre estos procesos destaco mi participación en el Diccionario del Idioma Awapit, una herramienta importante para seguir cuidando, enseñando y compartiendo nuestra lengua.

Desde este camino educativo continúo aportando, con humildad y compromiso, a la formación de nuevas generaciones Awá, convencido de que el awapit, la memoria, la música, la oralitura, la investigación y la comunicación propia son semillas necesarias para fortalecer nuestro presente y nuestro futuro como pueblo.

¿Por qué nace PIUZPI?

PIUZPI – Comunicaciones Attɨm Awá nace dentro del caminar del Proyecto VISIONARIOS Attɨm Awá, como una línea de comunicación propia para contar, registrar y compartir lo que hemos vivido, aprendido y construido colectivamente desde el territorio.

Nace de la necesidad de cuidar la palabra comunitaria, escuchar a los mayores y mayoras, acompañar la voz de las niñas, niños y jóvenes, y abrir caminos para que nuestras historias no queden solamente en la memoria de quienes las vivieron, sino que también puedan circular, inspirar y fortalecer a las nuevas generaciones.

Desde PIUZPI buscamos recoger y compartir noticias, relatos, fotografías, videos, sonidos, cantos, entrevistas, documentos, reflexiones y memorias que hacen parte de la vida del pueblo Awá. Aquí tienen lugar la oralitura, la música de chonta, el idioma awapit, la memoria visual, los procesos educativos, las experiencias comunitarias y las voces que nacen desde la selva, la escuela, la familia, la organización y el territorio.

Este espacio también nace como una apuesta pedagógica. A través de la comunicación, buscamos que las niñas, niños y jóvenes aprendan a observar, preguntar, escribir, grabar, fotografiar, entrevistar, narrar y cuidar la palabra. Comunicar, para nosotros, es también formar pensamiento, fortalecer identidad y reconocer el valor de lo que somos como pueblo.

PIUZPI no pretende acumular contenidos sin sentido. Quiere ser una casa de palabra, memoria y creación; un lugar donde florezcan historias, sonidos, imágenes, documentos, cantos y sueños que hacen parte de nuestro Wat Uzan —el buen vivir—.

Este es un camino de palabra y música, tejido con memoria, identidad y selva.

Soy Attɨm Awá. Somos ɨnkal Awá, gente de la selva.